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UN ANTAGONISMO IRREMEDIABLE






    Fueguitos y Siseñorón eran dos gatos, dos gatos oponentes que cada vez que se veían se bufaban. Esto es lo mismo que decir que en su mundo de felinos no se llevaban muy bien.

   Cada uno de ellos tenía sus amos respectivos, y su casa. Y es que Fueguitos y Síseñorón eran gatos vecinos; pero domésticos.



   A Siseñorón, de apariencia tranquila, grande y orondo como era, tipo tuxedo, de pelo corto negro brillante y pechera blanca, le gustaba presumir de patas robustas y rabo largo mediano, pero flexible, además de unos bigotes y unas pestañas larguísimas que le daban un toque casi principesco, a parte de sus inmaculadas orejitas perfectamente triangulares y giratorias a noventa grados. Era un gato finolis que llevaba vida de pachá. Bueno, mejor que la de un pachá porque nunca había tenido novia, y vivía muy bien y muy tranquilo sin las preocupaciones que trae la progenie.

   Fueguitos era muy diferente a Siseñor. Para empezar era bastante más joven; igual no llegaba  al año, y su vestido era como el de un pequeño pordiosero, como hecho a parches: unos marrones, otros de color ocre, naranjados y rojizos los de más allá, con una punta del rabo negra y una oreja amarilla y otra rosa. Creo que hasta los ojos los tenía uno de cada color. Al jurado de un concurso de exhibición de gatos les habría escandalizado totalmente con su apariencia tan poco regular y formalizada. Seguramente que lo habría hecho.

   La señora del quiosko de periódicos de la esquina daba por supuesto que Fueguitos era gata por lo llamativo de su pelaje. Y que si era de más de tres colores era gata seguro; Eso se lo decía a los niños que vivían con Fueguitos en casa. Pero ni siquiera ellos que eran niño y niña, como tampoco su mamá, sabían muy bien el sexo de Fuegitos, un gato todavía joven, ambiguo y saltarín, y como de tipo nervioso.

   Así que, mientras a nuestro Siseñorón no había quien le moviera, y que con sus siete años caminaba así, balanceándose, con estilo de modelo de pasarela, cruzando las patas de delante y de atrás  y como si llevara una pesa en cada garra, Fueguitos saltaba al mínimo ruido dando un brinco de espanto y acabando por las alturas más insospechadas.
   Al menos eso ocurrió la vez que terminando en el tejado del cobertizo de herramientas del patio trasero de la casa donde vivía Siseñorón, se conocieron los dos, y casi hay que llamar a la Guardia Civil.


   Y bueno, si queréis saber cómo empezó todo, os lo cuento en el siguiente capítulo.
Que a mí me gusta que las entradas del blog sean cortas y no largas.

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